M. me pidió un juego que la adornara con aves brillantes todos los días. En ese momento no sabíamos cómo, sólo teníamos un tamaño y un puñado de oro viejo.
"Haz lo que quieras", me dijo, y si por lo general uno no sabe que quiere, a la hora de crear con tanta libertad, la hoja queda un blanco un tiempo.

Conociendo a M., vi su espiritualidad y su fe.
Ahí se abrieron las puertas del cielo. Uniendo este concepto con las "aves del paraíso" y la figura de la paloma, surgió un juego que combina texturas de dorado con el brillo de los diamantes, acentuados por el azul del cielo.
